Pasion a través del hilo rojo del destino - Kayla Leiz

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Índice

Portada Dedicatoria Prólogo Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Epílogo Agradecimientos Notas

Biografía Créditos

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Para Ricardo, por estar siempre ahí apoyándome y ayudándome cuando lo necesito. Para mi madre, porque ella vela porque siga luchando por mis sueños. Y para ti, lector o lectora, porque cada vez que lees una novela, le das luz a ese mundito. Nunca dejes que se apaguen.

Prólogo

12 de agosto de 1040, bosques Tentsmuir, Fife El caballo relinchó inquieto por la oscuridad que se cernía sobre ellos, una oscuridad para nada natural que hacía que el vello se le pusiera de punta. Siempre que trataba con los druidas, su cuerpo se mantenía alerta. Eran demasiado extraños para las personas normales, con esa sabiduría y conocimiento que parecían sacados de los mismos cielos. Llevaba un día entero en los bosques Tentsmuir, cerca de su pueblo, sin tener ningún encuentro con nadie. Y aún debía esperar más, cosa que empezaba a impacientarlo. No tenía tiempo que perder, no si querían ganar esa batalla que se libraría en pocas horas. Una rama crujió y levantó su espada en dirección al sonido. —Guardad vuestra espada, milord —susurró una voz, en gaélico, detrás de él. Miró de reojo y vio a un hombre envuelto en una capa marrón demasiado cerca de él para su tranquilidad. —No pretendo haceros daño, como espero que vos tampoco queráis hacérmelo. —¿Mortvail? El hombre se apartó de él, moviéndose para quedar delante, y ejecutó una pequeña reverencia. —El mismo, mi señor. ¿Qué os lleva a buscar mis servicios? —Me han dicho que sois capaz de hacer cosas que nadie más puede. —A veces las personas cuentan historias que no son verdad... — replicó éste. —Te pagaré generosamente si lo que os pido sale como espero. —¿Y cuál es el trabajo que debiera realizar, milord?

—Acabar con un hombre. Las comisuras de los labios de Mortvail se elevaron en una sonrisa siniestra. —¿Apuñaláis por la espalda, Barthas? —preguntó divertido—. Aunque no sé de qué debiera sorprenderme... —¿Cómo sabéis quién soy? —Vuestro estúpido disfraz no engaña a un druida, Barthas. Ni tampoco los juegos que os traéis. Haced que vuestro hijo salga de su escondite y me presente sus respetos u os juro que no le quedará aire en los pulmones para respirar un día más. Barthas entrecerró los ojos, estudiando si el druida decía la verdad o no. Éste no hacía nada más que contemplarlo mientras se mesaba la túnica que llevaba bajo la capa. —¡Gavrin! —exclamó haciendo que el caballo echara hacia atrás las orejas y se encabritara. Era el único sonido que ahora había en el bosque, todo silenciado desde el momento en que Mortvail apareciera. —Padre —respondieron desde la izquierda. Un joven de unos veinticinco años salió de entre algunos arbustos y se unió al círculo inhóspito donde se encontraban su padre y el druida. Mortvail contempló la figura fuerte pero delgada del hijo de Barthas. No se parecía en nada a su padre. Seguramente habría heredado la belleza y el porte de su madre, pues era atractivo. Sus cabellos serían castaños claros rizados —salvo en ese momento, recogidos en una coleta tirante—. Los ojos verdes como el campo de Escocia dotaban de mayor perfección su rostro de facciones delicadas pero no amaneradas. Sus cejas no estaban tan pobladas como las de otros hombres escoceses; eran del mismo color que su pelo, una de ellas partida por algún golpe de la infancia. —Ahora, Mortvail. No tenemos tiempo. —Será inútil, Barthas. La batalla de mañana ya está perdida. No lograréis nada. —No... Os convoqué aquí para cambiar eso. ¡Tenéis el poder de hacerlo! —El rey Duncan perecerá mañana a manos del futuro rey Macbeth — sentenció, y su voz se derramó por el lugar seguida de un mágico viento que se llevó las palabras, transportándolas hacia los oídos de toda Escocia. —¡No! —gritó Barthas atacando a Mortvail. Lo cogió de la túnica y alojó la punta de su espada en la garganta de éste—. Despedíos de este

mundo, maldito druida. —¿Tan pronto pretendéis deshaceros de mí, cuando aún tendréis una oportunidad para mantener el legado de Duncan en el trono? —Explicaos. —Su hijo Malcolm vivirá... —Malcolm aún es un niño. —Pero crecerá... Y sabrá enfrentarse a Macbeth, quizá con mejor resultado que su propio padre. —No me servís de nada mientras tanto. Vuestras palabras son profecías que se cumplirán, vos mismo habéis predicho ya dos. —Pero, para que esta última se cumpla, vuestro deseo debe realizarse. —¿Deseo? —¿Acaso habéis venido aquí a otra cosa, Barthas? ¿No buscáis la muerte de aquel a quien teméis? —Yo no le tengo miedo a nadie —gruñó amenazadoramente, clavándole la espada lo suficiente como para que un hilo de sangre se deslizara por su garganta. —Vos movéis las fichas dentro y fuera de la batalla —puntualizó Mortvail—. Y eso sentenciará el destino. Vos salvaréis mañana a Malcolm si llevo a cabo lo que queréis de mí. Barthas empujó al druida hacia atrás, soltándolo y bajando de nuevo la espada. Podría salvar al chico y ponerlo en el trono, beneficiándose más de lo que esperaba con ello. —Padre, ¿estáis seguro de lo que hacéis? ¿No desataréis la ira divina? Bien sabéis que alterar el destino como pretendéis... —Cállate, Gavrin. No sois más que un patético debilucho, como vuestra madre —lo insultó haciéndole callar de inmediato y apartó la mirada. —A veces hasta los débiles son útiles, Barthas. No lo olvidéis — murmuró Mortvail. Se volvió a él con los ojos inyectados en sangre. La ira emanaba de su cuerpo y hubiera preferido rebanarle la cabeza a ese druida antes que hacer tratos con él. —Sea, pues. Haced lo que debáis para matar a Kendrick Mackay. —No. No seré yo quien lo mate, milord —contradijo él. —¿¡Entonces quién!?

—Una mujer. Ella acabará por completo con el clan Mackay y podréis atacar sin miedo alguno. —¿A qué os referís? El sonido de las palabras que salían de la boca de Mortvail lo enmudecieron. No parecían ser voces humanas, herían los oídos y pronto su cuerpo empezó a temblar de miedo. Ese murmullo parecía fluir del mismísimo infierno. El viento se hizo más potente y tanto Barthas como su hijo tuvieron que protegerse la cara para evitar que la tierra o las hojas de los árboles los azotaran en ella. El caballo de Barthas se encabritó y trató de escapar de ese lugar, pero estaba atado con destreza a una de las ramas. De pronto, tan rápido como apareciera el viento, se esfumó. La capucha de la capa de Mortvail estaba caída, dejando al descubierto su cabeza desprovista de pelo, pero con un gran tatuaje sobre ella. Uno de sus ojos parecía de cristal, atravesado por una fea cicatriz cuyo color oscurecía el rostro de éste. Padre e hijo dieron un paso atrás. —Está hecho. —¿Qué... qué está hecho? —se atrevió a preguntar Gavrin. —El destino —contestó Mortvail sonriente mientras se desvanecía ante los ojos atónitos de ambos.

Capítulo 1

15 de agosto, época actual Cómo odiaba a su jefe... Su estúpido e imbécil jefe, que ni siquiera dejaba que se tomara unas malditas vacaciones cuando ella quería. ¿Qué importaba que fuera 15 de agosto y que los termómetros no bajaran de los cuarenta grados? No, ella tenía que estar día tras día en esa habitación archivando los miles de papeles que nadie se había molestado en ordenar en todo el año. Y encima sin aire acondicionado. Y no quedaba ahí la cosa. El tipo tenía que llegar dos horas antes de que su turno se cumpliera para meterle prisa y quejarse de su lentitud, al mismo tiempo que se lamentaba de su físico, algo a lo que la tenía acostumbrada. Leilany apartó una de las manos del volante para limpiarse las lágrimas que caían de sus ojos. Por si eso no fuera suficiente, encima estaba con las hormonas alteradas y un gran cabreo. Había tenido que tragarse lo que de verdad quería decirle a su jefe, o por lo menos clavarle algo en el corazón para saber si en su pecho había sangre o bien estaba vacío. Suspiró mientras aguardaba que cambiara el semáforo y trató de relajarse. Hacía su trabajo lo mejor que podía y sabía, a pesar de las amenazas de su jefe sobre lo que pasaría si se equivocaba cuadrando las nóminas de los trabajadores. Trataba a todos con respeto y cumplía su horario a rajatabla. Entonces, ¿por qué ella no se merecía algo de respeto? ¿Porque estaba gorda? Chasqueó la lengua reprimiendo un nuevo ataque de autocompasión. Vale, no era como las modelos ni las personas que todos querían tener a su lado, pero tenía sentimientos. Y todo podía cambiar. —Malditas sean las hormonas... —se quejó volviendo a limpiarse las

lágrimas—. Como si pudiera hacer algo para cambiarme. Arrancó de nuevo con el semáforo en verde y siguió conduciendo. Le quedaba una hora para llegar a su casa, por suerte en pleno verano no había tráfico, menos a las cuatro de la tarde, justo cuando el sol pegaba fuerte y nadie se aventuraba a salir a la calle. Leilany tenía veinticinco años y trabajaba en el departamento de contabilidad de una constructora. Llevaba sólo unos meses, pero, en ese tiempo, ya se sentía como una basura. Teniendo en cuenta que antes de entrar a trabajar allí ya no tenía mucha fe en sí misma y en su aspecto, en esos momentos se sentía incluso peor. Al menos había decidido ponerle remedio a eso y había presentado su carta de dimisión. Unas semanas más y sería libre para poder ocuparse en otro lugar donde no la despreciaran desde el primer segundo que ponía...

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